Mamá quedó destruida después de la muerte de Megan. Aveces parecía enfadada por lo que pasó. Una tarde se encerró en la habitación de Megan, y guardó todas sus cosas en cajas. Me advirtió que no me atreviera a tocarlas. Luego se fué a dormir sin cenar. Sólo cenamos papá y yo.
Al otro día me levanté, y al instante que abrí los ojos, sabía que no sería un "buen día". <<Voy a ducharme, y luego salir de aquí >> pensé.
El piso estaba frío, me hacía tiritar, ni siquiera podía apoyar la plantilla completa. No lograba recordar dónde había dejado mi toalla. Decidí ir a mirar al baño, talvéz estaba ahí. Pasé por la habitación de Megan, pero algo me detuvo, no quité los ojos de la escena que veía. Quedé muda, sentí la desesperación que me recorria por dentro, pero el cuerpo no me respondía. No tenía un pensamiento fijo, ni una idea clara, mi mente estaba por completo en blanco. No sabía como se explicaban estas cosas, para que alguien como mamá me pueda creer.
Cuando al fín mi mente reaccionó, lo primero que pensé a gritos silenciosos fué << Mamá se enojará>>.
Una de las cajas estaba completamente destrozada, habían fotos viejas, lápices de colores y libros mordisqueados. El relleno de un oso de peluche esparcido por toda la habitación, y un envase roto de témpera azul que perdía pintura, justo en la entrada de la habitación.
<<Beethoven>>.Fué ahí cuando corrí al baño, y volví con un limpiador de pisos. Recogí los restos del peluche, todo lo que rompió, y los tiré.
En ése momento sólo quería matar al perro.
Tomé un baño rápido. Antes de irme fuí a ver a mamá, aún era temprano para que ella se levante, pero tenía un mal presentimiento, aparte del hecho de saber que cuando vuelva, no voy a salir de casa por varios días.
Sin embargo ella dormía placidamente. Resultó raro que no me haya oído, talvéz estaba realmente cansada.
Salí afuera y busqué a Beethoven, y lo ví ahí, al lado del árbol, mirándome fijo desde su casita de patio.
Bajo su pata aprisionaba algo rojo, no podía divisar qué era. Me acerqué, era un collar. El mismo collar en el que un día Megan grabó su nombre con marcador indeleble; "Megan y Beeth". Lo saco de la caja.
Miré a Beethoven, que aún seguía con su mirada fija en mí. Lo acaricié, le coloqué el collar, y abrí la puerta hacia la calle. Volvería tarde. Para esa hora mamá ya estaría enfadada preguntándome porqué no le avisé que salía, adonde iva a estar, a que hora volvía, y sus infinidades de preguntas.
Decidí ir al único lugar en donde no me sentía sola, donde sentía que no corría peligro. Donde sentía que Megan siempre me esperaba.
-------------------------------------------------------------------x
Las nubes descansaban sobre aquella sábana celeste que cubría el cielo. Brillaba el sol cálidamente, después de días de lluvia seguidos. Caminaba, sentía el aroma húmedo que se alzaba de la tierra, el viento se escurría entre los dedos de sus manos, su cabello danzaba a la par de la brisa, la envolvía, al mismo tiempo que golpeaba suavemente su espalda.
Beethoven, aquel perro negro de pelaje brilloso, brincaba alegre entre los pastizales, dando vueltas a su alrededor. No debería de haber ido a ese lugar, sólo sirve para traer recuerdos. Lindos, pero al fin y al cabo recuerdos, y no volverán. Beethoven se refregaba contra su pantalón, y ella hundía las manos en su pelo, recorriendo el lomo del animal.
Desde la muerte de su hermana gemela, Megan, una mitad de Jana se había ido con ella.

No hay comentarios:
Publicar un comentario